31.1.07

Rojo.



















Había momentos
grandes,
donde la belleza
me asustaba
y retrocedía
para mirarte de nuevo.
Pero te perdí,
en un día
como ayer.
Donde la lluvia era
hoy.
Desde entonces yo era una mujer de distintos rostros,
y hoy sólo puedo ver que soy
el rojo en la pared
escurriendo
asesinatos.
Y pienso que,
deberías quererme un poco,
tratar de vencerme
a mí y a mis tristes sueños
donde la misma ciudad,
es siempre,
Damac, la ignota arena
que sabe a treinta y tres años,
y a nada luego porque
la haces olvido y
me voy, porque mira
ya son casi,
cinco minutos antes
del fin del mundo.
Y me hace falta
salvar a mi ciudad.

26.1.07

La tristeza.












Acudía puntualmente,

se hacía pequeña señor,
en recuerdos,
mis recuerdos
y los suyos.
Y cada cosa serena,
imitaba en tristes rostros
otra tristeza que se parecía
a una sonrisa,
pero nunca fue así, solecito mío,
porque yo soñaba fácilmente
y entonces venía a buscarme,
muy pocas veces,
y usted se iba cada mañana luego
con los suyos,
y yo me quedaba aquí conmigo misma,
apartada de las calles de la tristeza,
y pasaban días y días,
y mire cuánto tiempo ha transcurrido hoy,
que hasta sembré una nueva tierra:
-Damac-
con mis propios pensamientos y mis rostros
distintos.
Y es verde en sus colinas
y azul el aire como pinturas de agua;
y los animales salen a tomar el sol;
embellecidos brutalmente
por la luz del horizonte carmesí;
y las libélulas brillan como astros sobre el agua.
Corre allí el vapor de la lluvia para todo el mundo
un mundo que quiera pisar descalzo
la esperanza de una tierra floreciente
en dulces praderas.
Ahí camina usted a veces,
altísimo como su sombra,
amable como Dios.
La tristeza tomaba otras formas confusas,
unas veces era sólo como una momentánea roca
perdida en el universo,
otras era un simple reloj de noche,
rotando luces y sombras
para perderse en otros sueños.
Y yo no me quería salir de su cuerpo,
no dejaba escapar el aire que salía de su boca,
a veces tantos brazos circulaban por mi cuerpo
y a veces todos esos brazos me dejaban saber de la tristeza como del tiempo,
y sus manos,
se llenaban de abandono.
Y tampoco quise dejarle ir de este esqueleto,
herido y cansado de hacerlo ajeno.
La tristeza es ésto,
no dejar salir de mi ojos sus ojos
y llorar porque no he cerrado esta ventana,
-donde mira usted como ángel a la multitud que lo observa sorprendida-
y yo no estoy ahí.
Dulce ánima brillante,
es para usted todo ésto,
hasta la puerta de mi cuarto
que he abierto hoy,
para dejarme ir.
Señor mío.
Lentamente.

Frágil hierba ésta.

















I.

Dicen que eres la sed,

de las ramas del sol,
bajando por breves nubes
así de ácidas,
así como esta música
frívola,
mezquina,
máquina pensante de posibles ojos ciegos.

II.

Amor mío,

décimo número
en siete sueños.

III.

He debido ser una noche más
siempre tejiendo piernas
y peces cobardes
y cabello tortuoso
amigable pero enemigo hermoso,
después dejarás que una herida
me chupe los huesos.

IV.
Todas esas señales de Dios
aquí las tengo
en un cuarto de vaso de agua
de aire.

V.

Mariposa de hojas de otoño,
se hacen mudos mis oídos,
no escucho,
no veo nada,
no debo y me marea el silencio
de esta parábola numérica.

VI.

Astro de verdes ojos,
orilla del mar único,
querido mío,
marea de inútil ausencia,
eres el amor que desespera
a mis piernas
vacías en gérmen de tí.

VII.

Sabio hombre amoroso
ya no tengo sueños
sólo vagos pensamientos de amapolas.

VIII.

Que ni este débil fuego me prende

ni de éste humo nace nada
ni figuras de demonios que bailen
sobre mis nubes sórdidas de batallas muertas.

IX.

Esta frágil hierba no me place,
esta noche es tibia,
como una hoja torcida en la vértebra de mi cuerpo
enfermo.

X.

Este ser que soy yo y que no me quiere.

XI.

No me entiendo ni me sé bien ni me hablo
ni soy una mujer buena con ojos bondadosos,
que ni puedo tomar el puente y arrojar las hojas,
ni subir a un ave para arrancarte el vuelo,
ni esta caída es segura porque no sé sumar hasta el cielo.

XII.

Que querer significa a veces,

guardar silencio para siempre.

La fotografía es de Gundega Dege.

24.1.07

Casi te quiero.















Casi te quiero
mes a mes
libélula congelada
en la luz de un árbol
que respira ríos
y centenares de sombras
en su raíz
pensante.
Y Tiembla.

Pasa el día,
en ciego azul,
y en mi vestido verde
se ha roto tu mano de ventisca.

Como rama viviente
hemos sido otra vez
azul te tristísimo lecho,
de pájaro gris
en la inconmensurable
vagabundez
de tus alas
verdes.

Casi te quiero,
cada día verdoso
y en las noches efímeras
y ociosas,
pienso
y no pienso,
que no te quiero,
casi,
pero te quiero.

Acá mismo vive
el tiempo,
invisible
como el amor
sujetado de Dios,
niños,
hombres,
seres alados
ángeles navegando
tierras profundas
como en Damac,
la gran altiplanicie
de flores nupciales
de dioses velando
sueños alegres,
la tierra de tierras
la puerta de arrecifes,
el mar de mares,
los ojos de Dios,
tus dos orificios etéreos
por donde palidecen los míos.

La fotografía es obra de AIRA Yoshikazu Iwahashi.

21.1.07

Plasma

[Sube a mis ojos,
rey de tersa boca,
-entre tanta materia rasposa-
sé mi sed.

Salta, vive, llueve
decolórame,
esmeralda minuciosa,
reviéntame en la piel
la sangre virgen
de tus clavículas
escalonadas.

Sálame,
con la saliva
de rabia en tu lengua,
extraña
y
extranjera
y mía,
mas no mía.

Tristemente no mía,
ni extraña,
ni extranjera,
ni gota
a gota
tu espalda,
prohibida.

Damac,
mi dulce ciudad,
[sí mía]
el sueño de sueños,
¿estás cansado hoy?
Reposa entonces,
en tu tibia cama
una noche de sol,
lejos de mí,
de mi sol,
sin tí]
Sol.




Fotografía de la amiga de Adrián Santuario.

17.1.07

Está sucendiendo.

Enero trajo la lluvia y consigo
el agua aparente de hojas líquidas,
en materia sustraída
del rincón en alguna parte
donde no llovía.

Trajo noticias del viento,
frescas como un temblor
que sacude la tierra
y echa abajo edificios,
con los nombres en las paredes,
nuestros dactilares de grafito
purificado ardían.

Vino desconsolado
del más sangriento,
como una piedra en vez de aorta,
sucediendo en un cuchillo
de nombre:

Ojos elevados en la proa del sol.

Hablamos de la fe,
debajo de los números
que nos ocurrían,
en azarosas prendas que el cielo
modificaba cada noche,
estrellas en cualquier techo
de mi casa floreciente
alumbrada por la reflexión,
de la némesis de tu espejo adimensional.

Alba, sólo se rompe el alba
sólo si no es contigo,
la noche opiácea,
ladrando como perros en la hojarasca
sed, subsuelo y salmos.

Y un botón de guerra brotó,
como ácido quemando el agua,
mostramos los ojos a la noche,
el obituario nos mostró sus ropas de pólvora,
secamos los párpados genuflexos
ante la nada.

Y vencidos,
caímos como insectos rotos,
desollados por la hermosura
que provoca la destrucción del yo;
del yo no-eterno,
del yo-sexual,
del yo en la tierra ajena de Damac,
de la hectárea esmeralda que huele a cardumen
y a césped recién podado de estrellas.

Angustia pétrea,
el sueño cae de un árbol de perlas,
en el orificio de un laberinto,
sustancia noble que se ha vuelto origen
del sol espacial.

No intentes,
ser la sed
que quita de los labios,
la palabra
nada.

Hombres y mujeres
celebrando a esta hora malsana,
el rompimiento del cuerpo.

Somos la succión de Dios,
emprendiendo siempre hacia la muerte,
esto que ocurre ahora mismo:

Nada.
La fotografía es obra de AIRA Yoshikazu Iwahashi.

14.1.07

Breves conceptos sobre nada.

1.- No me pierdas,
que el amor no te sucederá
más nunca,
en números, en elipsis
en mariposas aleatorias,
ardiendo Ariadnas,
-máscara de piel-
en el ciclorama estacional
de tus muelles reflexivos.

2.- Ánima de una vasta llanura
en el este asido,
he escuchado tus labios
decir: subsuelo.
Metáfora andrógina,
sueño mórbido,
alcatraz sónico,
estoy despierta
y muda,
y,
nada.

3.- La llave que contiene
la puerta de la ventana,
de la casa
y la habitación,
de la máquina parlante,
que combina tus unos
y mis ceros,
y también un uno
y un siete, pero un cinco, a veces,
todos en formas
desordenadas,
y sentado en la gravitatoria
banquita astronómica,
esperas un día,
que sea de aire,
un tercio de silencio,
donde entras tú,
y que sale el otro,
y por fin,
tus piernas caminarán
metros y kilómetros
de césped como tus ojos.
La llave de tus ojos,
de la ventana de mi puerta,
de la casa de mi habitación,
de mi máquina,
de mi cama estacionaria.
Física pura,
ni te lo imaginas.

12.1.07

Lapsus versus

Su rostro es sencillo
amplia ventana de cirros
nubes flotando
en el cascabel
de la luz
de la luna.
*
Sus labios de rosa púrpura,
temblor de tierra,
en cada habitación
donde su silueta lúcida
es Dios
con el sol entre las manos.
*
Damac enciende la luz del mundo
sobre las tapias es un hombre,
casi alado,
pero un hombre-ángel
que regala túneles
llenos de amorfas flores,
con sus pistilos
de marte.
*
Él es un sueño
subterráneo,
marítimamente
azul,
donde las algas verdes
son sus ojos de fuerte
pez alado.
*
Un día fui,
alcanzada por un cuento
donde todas las noches
era un número impar,
subía tantos peldaños,
en entrañables escaleras
de celestes cuerpos
como el matiz
de su
inercial boca
de leopardo mimetizado.
*
Apaga la luz,
que viene Dios,
a plantar un sueño
en mis labios,
con aroma de la tierra,
formada de nubes
y la saliva
de su aliento
a universo preñado.


9.1.07

Las tardes nubladas del sol.

Y colgaban las amarillas hojas ambarinas,
con armas de verano sobre el cordón de pájaros,
eran sujetadas con precisión memorial;
telas dispuestas a corregir el aire,
tarde nublada, verano urgente
no habla el sol esta mañana.
Las viejas tardes nubladas del sol,
son cabezas de silencio detrás del viento,
una ciudad a través de ellas se levanta,
después del olor a jabón rosado barato,
(el del tren es lo que más me causa pena,
indigestión y malos hábitos).
Hoy es preciso sentarnos a mirar,
cómo es que esa mujer de sesenta y cuatro años
sigue en pie,
como si fuera tan fuerte como una muleta astillada,
nos sirve la sopa, la sal y el pan frescos
para comerlos con desidia e ingratitud después del trago de agua
como si fuésemos aves que vienen raquíticas
a devorar las manos de la carne de cocina y de la madre vieja.
Nos asentaremos aquí en la hojarasca de sus años nuevos,
miremos avergonzados más allá de sus lentes gruesos,
su lágrima corre y no hay dedos que calmen esa larga vida
de cobijas siempre matemáticamente tendidas y limpias.
Tarde nublada, soy un objeto que Dios mueve como dados de hueso,
ella es el azar que el útero arrojó como una piedra cansada y triste.

La pintura es de Pilar Toledano.

6.1.07

Las espinas de mis ojos.


2.1.07

Palabra de mujer.

Alguna vez tuvo sentido,
el sentirse soldado
para luchar
y sobrevivir
en el campo
minado que es mi corazón.
Esta batalla, amigo
amistad del destierro,
donde puedas olvidarme
ahí donde en el vacío
sólo hay vacío.
Muchas veces,
caminamos sobre la rivera
de los sueños,
peleamos hasta herirnos,
incluso
esa clase de amor
donde me odiabas
hoy es una falsa promesa,
para recordarme.
Cada día,
que me dejes de querer
es un día victorioso para ambos,
y al habernos soltado de las manos,
de esos brazos que nunca alcanzaron
para tomar fuerza
y elevarnos como un globo de mar.
Hoy mismo y muchas veces
me olvidarás,
como siempre,
como hace cuatro siglos
palabra de mujer del aire.

1.1.07

Oracionando.


El aire que respiramos,
la sonrisa que no peleó,
el día inerte donde no nos vimos,
ni conocimos palabras de aliento,
ni fuimos amigos
o amantes discretos,
no hubo sed de sexo
ni angustia a media tarde
porque no volvías,
el cielo que compramos,
para morderle al tiempo
-sus horas de primavera-
las piezas del universo que al azar
volcamos dentro de un vaso,
el mar que no soñó,
el aire,
el marasmo contenido
en tus pies más tristes,
la ficcional piel
donde erosiona
este triste año.