Yo los he visto
suicidarse con las palabras,
arder sus dedos dentro de lo invisible
conjugarse los cuerpos todas las noches,
en vela,
como semidioses
arder en el cielo nauseabundos.
Los he escuchado,
susurrar palabras cristianas,
hacerse hijos el uno al otro,
replantearse la pregunta:
¿para qué?
Todos ellos perdidos en la sustancia
del equilibrio que provoca
el sexo hambriento,
festivo y
equivocado.
También por las mañanas sucumben
ante el sol que viene del otro lado ya tarde,
pues he mirado sus bocas desdentadas,
quedarse sin aliento por días y tardes largas
caminar civilizados por las calles
siempre con el rostro pegado al suelo,
tejiendo hileras de hormigas que dirigen
sus cuerpecitos marrones al fin del mundo,
con sus zapatos nuevos.
He visto el placer que provoca,
sumirse al abandono,
ese hermoso y oscuro entierro
donde lloran las flores la muerte de los huesos,
se pierden entre la tierra,
se entregan a la orfandad de las montañas de tierra sobre más tierra,
y mueren,
delicadamente
sobre la vida de alguien,
que muere también de muerte
encima de una ola gigantesca.
Es el suicidio el que nos mata
día a día
en cada palabra escrita,
donde el poema le da muerte
a la vida.
Naturalmente,
algunas veces se falla,
porque los he escuchado ahogarse,
y recuperar el aire que se había escapado
de los pulmones erizados hacia el valle
desesperanzador,
confuso
daltónico
moribundo.
Bella luz difusa
origen del mal sueño,
con estos cuchillos
de dos ojos en vigilia,
los he asesinado diez veces,
hasta morirlos de muerte
herirlos de vida,
vaciarlos de sed;
soñarlos de tanto soñar.
Yo los conozco,
he sido parte de ellos,
alguna vez en mi vida
fui salvada también.
Dedicado a Sabiduría de Lobos.